martes 17 de noviembre de 2009

Casualidades imposibles en la gran ciudad


La primera vez que estuve en NY me pasó (nos pasó a mi tío y a mí) una cosa asombrosa. Un día cogimos un taxi en Madison Avenue. Al poco de ponernos en marcha no recuerdo hacia dónde, en el primer semáforo en rojo, el taxista, un marfileño educadísimo, se giró y nos preguntó: "¿Es posible que el jueves pasado les recogiera a ustedes en X y les llevara a Y?". En efecto, confirmamos asombrados. El tipo nos dijo que en los años que llevaba ejerciendo nunca le había pasado, y que consideraba altamente improbable que le volviera a suceder.

Pero esto de las casualidades parece recurrente, incluso, o sobre todo, en Nueva York. El miércoles pasado, un muchacho vestido con una llamativa camisa examinaba con curiosidad mi carnet de prensa español (que ya es de largo el objeto más citado en este blog neoyorquino) en el mostrador de la entrada del Guggenheim genuino. Horas después, gracias precisamente a la originalidad de su camisa, le reconocí paseando por el West Village. Pero es que dos días después, en el MoMA, en la sala dedicada en exclusiva a Matisse -mi favorita del museo-, me crucé con una tía que el jueves por la noche se había sentado frente a mi en el metro.

Y ahora leed y creed. El sábado estoy en casa (mi eventual casa de aquí, se entiende) viendo el España-Argentina, amenizado con las impagables aportaciones de los comentaristas argentinos de la ESPN en español. Mishou, el gato de la casa, anda mientras tanto jugando con un ratón de juguete que le encanta. Sacándolo con la patita de debajo del sofá, encuentra de paso una cartera. La cartera resultó ser de un amigo español de mi compañero de piso, que creyó haberla perdido hace cosa de cinco meses. Bueno, pues vía facebook descubrimos que el amigo de mi compañero de piso es a su vez amigo de un conocido mío.

Más anomalías o torpezas de matrix. Estamos a mediados de noviembre y ayer la gente estaba cenando en las terrazas de los restaurantes.

lunes 16 de noviembre de 2009

Guifmichú!


"¡Al final es que no puedes comprarte todo!". No sé cuántos días aquí habrán necesitado para darse cuenta. Imagino que los suficientes para llenar la gran maleta que acaban de comprar en Century 21 (parecida, por otro lado, a la que necesitaré yo para organizar mi regreso en diciembre). Visto y oído hoy en el metro a una alegre concurrencia de españoles.

viernes 13 de noviembre de 2009

Yendo al cine en NY

Aquí en Nueva York estoy yendo bastante al cine. Esta ciudad es una meca para hacerlo. Un gran porcentaje de las salas son de eso que antes se llamaba 'arte y ensayo'. Algunas combinan la reposición con el estreno de películas extranjeras o independientes.

Creo que la primera cosa que vi fue 'Los pájaros', en los Chelsea Clearview, que además de ser cine de estreno todos los jueves tiene un programa de reposición (y pasan 'The Rocky Horror Picture Show' las noches de los viernes y sábado). Las sesiones de Clearview Classics son presentadas por Hedda Lettuce, una elegante drag al estilo de los tardo-ochenta y con semiparecido con Elvira Lindo que pone en apuros a los espectadores con su lengua viperina. Según encuesta a mano alzada realizada por la propia Hedda, todos habíamos visto 'Los pájaros' unas cuantas veces. Un tipo reconoció haberlo hecho más de cuarenta. Las alambicadas metáforas de este loco peliculón resultan mucho más entretenidas coreadas por los alaridos de un público que bramó de placer cuando llegó el momento en que una trastornadísima Melanie Daniels es obligada a caminar entre centenares de aves de muy mala hostia para salir de casa de los Brenner y salvar el culo.

Pocas noches después crucé el East River y fui a los Bam Rose Cinemas de Brooklyn para ver 'Five graves to Cairo', la contribución de Billy Wilder a la propaganda cinematográfica aliada durante la Segunda Guerra Mundial, con Von Stroheim haciendo de Rommel, y que, aunque muy condicionada por el mensaje perentorio, tiene dosis del humor y los recursos del genio.

El Anthology, en el East Village, es un lugar impagable sotenido gracias al trabajo desinteresado de un puñado de locos por el cine encabezados por Jonas Mekas. Allí he visto 'Night and Day' (o 'Bam gua nat'), una preciosa película coreana sobre la triste peripecia de un pintor expatriado en París; unos terribles cortometrajes futuristas de comienzos de siglo; y, ayer mismo, 'El profesor chiflado', la genialidad de Jerry Lewis que cuando era niño vi un porrón de veces.



Otro día me bajé a los Angelika a escuchar algo en mi idioma, enriquecido además con los divertidísimos giros chilenos. 'La nana' es una película, que no sé si han pasado en España pero que está muy bien, sobre el colapso anímico de una empleada doméstica bestializada tras pasar toda su vida al servicio de una familia de clase media.

Pero donde me lo estoy pasando pipa de verdad es en la cinemateca del MoMA, a cuyas sesiones entro gratis con mi bendito carnet de prensa. Me estrené con 'Le Amiche', un bellísimo drama burgués de Antonioni, y después vino Metrópolis, que yo tenía sin ver y me dejó asombrado (plásticamente fascinante, y conmovedor el ingenuo mensaje pactista que en nombre de una élite atemorizada y en vísperas de los turbulentos años 30 propone que "el mediador entre la cabeza y las manos [patronos y obreros, vamos] sea el corazón"). Ahora empieza una retrospectiva de Tim Burton, como complemento a la exposición que está a punto de abrir en el museo.

En cualquier caso, lo mejor que he visto hasta ahora ha sido en el Film Forum, quizá el cine que más simpático me cae de Manhattan. Acaban de traer a Nueva York la restauración de 'The red shoes' que se presentó esta primavera en Cannes, y gracias a ello he descubierto esta maravillosa película llena de hallazgos, que Scorsese reconoce como su favorita.

Iré contando más cosas, porque tengo todavía inédita la Film Society del Lincoln Center, que ahora está pasando un ciclo tremendo dedicado al neorrealismo italiano.

martes 3 de noviembre de 2009

El síndrome de la ciudad esmeralda

No es ni mucho menos el barrio más explícitamente opulento de Manhattan, pero ha sido paseando por el Greenwich Village donde se me ha activado cierta inquietud en cuanto a la actitud de los neoyorquinos respecto a sí mismos y su propio bienestar.

Quizá por ser una isla dentro de la isla, el Village representa a la perfección el aislamiento anímico que la gente de esta ciudad, se entiende que la bien establecida, sostiene hacia lo que hay más allá de los puentes. Ya no es que sean conscientes de que esto es el centro del mundo; para ellos sencillamente es el mundo. Puede llegar a parecer que por lo que sucede fuera de su microcosmos la mayoría de los neoyorquinos apenas siente una vaga curiosidad de turista ocasional, acaso de entomólogo. Ya sea en New Jersey, en Madrid o Bagdad. Aunque de cara a la galería, por tradición política, toque esgrimir causas más o menos exóticas o condenar guerras tan propias como remotas, la verdad es que todo eso apenas les interesa en tanto que argumento doméstico o inspiración de una penúltima tendencia o moda.

Si te das un paseo por ese barrio exquisitamente pulcro que es el Village (y algo parecido te puede suceder en réplicas como Dumbo o Williamsburg), repleto de encantadores restaurantes, de cafés de revista, de las tiendas versión 'Main Street' de firmas de moda como Ralph Lauren o Marc Jacobs, de establecimientos para 'pets' (peluquerías, boutiques, incluso un local dedicado en exclusiva a la realización de retratos pintados de perros, gatos o lo que se tercie), hay algo que da un poco de grima. Quizá todo ese esfuerzo decorativo, esa artificiosidad deliberada orientada a la creación de un 'lovely place' de hechura pequeña, en abierto contraste con las moles del centro o el Downtown. O quizá la presencia inadvertida, como demuestra entre otras cosas la naturaleza de los comercios del barrio, de tantísimo dinero de puertas adentro de las coquetas casitas y edificios de apartamentos, muchos paradójicamente insalubres unas décadas atrás.

Caminando por los barrios inequívocamente 'wealthy', admirado ante la elegancia de las suntuosas 'townhouses' del Upper East Side o Brooklyn Heights, contemplando los escaparates de Madison o de la Quinta Avenida, no he sentido esa punzada de desagrado que he tenido hoy caminando por el Village, un lugar que siempre me ha encantado. Pareciendo otra cosa, el Village es igual de opulento. Quizá sea el disfraz 'casual' lo que lo hace obsceno. Y evidencia esa condición de ciudad esmeralda que no quiere asomarse extramuros y contemplar el elevado coste de su bienestar.

Aplíquese esta reflexión al barrio, a Nueva York o a uno mismo. Pero seguro que iba pensando en algo más prosaico cuando en una esquina de la calle 4 me he topado con Julianne Moore, la primera celebridad que veo en carne y hueso por NY. He tenido que restringir la mirada para convencerme a mí mismo de que no perturbaba su callejera intimidad, pero aun así he podido 'registrarla' adecuadamente. Parada en esa esquina del Village escuchando la veloz perorata que le soltaba una amiga o vecina, tenía el aspecto de la inquietante Clarice Starling de Mamet y Scott. Aunque lo que en ese momento me ha venido a la cabeza ha sido la noche del año 93 en que fui al cine con mi hermana y vi por primera vez a esta señora en una pantalla de cine:

lunes 2 de noviembre de 2009

Calabazas a Halloween


No estaba 'in the mood' para vestirme por Halloween (que, por cierto, más que una cosa tenebrosa es un simple carnaval), así que desde hace semanas veía venir la verbena con cierta prevención. "¡Aguafiestas!". "¡Pelma!". Puede ser, qué queréis que os diga. En cualquier caso, aun sin disfraz ni ganas, me hice con una de esas máscaras blancas de fantasma de la ópera por si me veía en la tesitura de participar en la fiesta. Pero las circunstancias se conjuraron para que no fuera necesario.

Los grandes momentos del fin de semana de Halloween nada han tenido que ver con las omnipresentes calabazas. Viernes (y ya nos estamos saltando la vivificante excursión del jueves a Wave Hill). Primera y luminosa visita al MoMA. Porque luminosa fue mi idea de que siendo gratuita la entrada al museo el viernes por la tarde, por la mañana seguramente estaría mucho más despejado que el resto de la semana. En efecto. Las habituales colas que ya me disuadieran otros días habían desaparecido. Ni que decir tiene que el carnet ábretesésamo funciona en la calle 53. A modo de toma de contacto me dediqué a la temporal de la fabulosa colección de obra gráfica de la Judith Rothschild Foundation. Y al terminar con un paseíto somero por la asombrosa exposición permanente, tembloroso de la emoción, decidí, y me sentí un privilegiado por poder permitírmelo, hacerme un plan para visitarla con tranquilidad y en pequeñas dosis en los viernes que me quedan por aquí.

Ayer sábado. Estoy paseando por mi barrio y poco a poco tiro hacia Columbia y empiezo a bajar por Broadway sorteando a las bandas de niños disfrazados realizando razzias indiscriminadas en busca de caramelos y, oh mi dios, me topo con Zabar's. Un buen amigo que fue neoyorquino durante muchos años (aunque supongo que la de neoyorquino es una condición que cuando se adquiere ya no se pierde) me habló de Zabar´s el otro día como mercado de obligado peregrinaje y yo me dije para mí, no será para tanto. Pero ya lo creo que lo es. Todos deberíamos tener un Zabar´s en nuestra vida para ser más felices. Abundaré en el asunto en un post inmediato en DondeComenDos, que es lo suyo.

Hoy domingo. He dado una vuelta por el flea market de Brooklyn y por Dumbo, pero sobre todo (después de cruzarme por las calles y el metro con un buen puñado de renqueanes maratonianos envueltos en mantas metálicas y con su medallita al cuello) me he ido por la noche al Ear Inn, que es uno de esos sitios que uno nunca se alegra lo suficiente de haber descubierto. Viendo y escuchando a The Earegulars, grandioso cuarteto residente (clarinete, saxo/trompeta, bajo y guitarra), uno piensa que Horace Silver tenía más razón que un santo cuando afirmaba que el jazz, el gran jazz, tiene sentido del humor. Qué humor el de esos musicazos en alegre compaña acogiéndose al ambiente juguetón de Halloween y bromeando con el público mientras por las pantallas de este fabuloso bar pasaban el game 4 de las series mundiales.

Cuando uno piensa en una rutina basada en sitios y momentos como estos es cuando empieza a echar de menos anticipadamente Nueva York.

miércoles 28 de octubre de 2009

Modismos (IV): prodigiosos artefactos


Con frecuencia me quedo pasmado contemplando en los expositores de los kioscos las suntuosas portadas de las revistas femeninas. Hay algunas que son verdaderas obras de arte -me atrevo a decir que muchas presuntas cumbres del arte de nuestro tiempo palidecerían ante una cover bien compuesta de cualquiera de ellas-. Las revistas femeninas, su relativa pujanza en tiempos muy duros para la prensa convencional, demuestran muchas cosas. De las que nos interesan aquí, la más llamativa es la indiscutible vigencia de la fotografía frente a la imagen en movimiento como gran generadora de iconografía. Las estrellas de cine siguen acogiéndose y precisando de la instantánea para sostener su dorado halo. Qué bobas nos parecen cuando las vemos por la tele hacer posturitas en las red carpets. Pero es por algo. El icono es estático.

Ved si no lo que hacen Vanity Fair (las dos fotos de Leibowitz son asombrosas) y Vogue este mes con Penélope Cruz. Como ya se demostró cuando fue imagen de Ralph Lauren a comienzos de siglo, Penélope gana muchísimo en estático (y calladita, dirían algunos; yo no soy detractor de la chica, la verdad).

Pero la portada que me tiene a mi cautivado desde que se asomó a los kioscos la semana pasada (me hace mucha gracia esa calculada premura con que las revistas de moda salen a la calle) es otra. Es esa del 'Harper's Bazaar' que podéis ver más arriba, entre unas tetas y un presidente. Iluminación canónica y excelente combinación cromática; ¡pero sobre todo Tina Fey parodiándose a sí misma! En la entrevista que la cabecera de Hearst (cuyos mejores tiempos ya pasaron) publica con la cómica de moda en EEUU se describe a su personaje en '30 Rock', Liz Lemon, como la antítesis de la Carrie Bradshaw de 'Sexo en Nueva York'. Y aquí tenemos a la Fey, que en varios pasajes de la entrevista se reconoce como un claro trasunto de su personaje, haciendo de Carrie pero en plan chungo: es decir, aceptando adoptar ese extraño rictus perruno y estrábico que los editores del 'Bazaar' nunca le pedirían a una modelo convencional. Ni siquiera es la cara de '¡qué hago yo aquí!' que pondría la Lemon, sino un algo así como 'aquí estoy...' resignado y bobalicón. No digo que me parezca mal, pero no dejan de fascinarme las servidumbres del show business y las sofisticadísimas formas que adoptan en este país.

La verdad es que por aquí son unos virtuosos del asunto visual. Pasando de lo estático a lo dinámico, observen si no este anuncio de Levis que me he encontrado hoy en el cine antes de ver 'La nana' (una película que por cierto recomiendo):



No se cortan un pelo. Sobre un recitado 'vintage' de uno de los mejores poemas de 'Hojas de hierba' de Walt Whitman, ponen a un buen puñado de guapos a hacer la revolución de andar por casa enfundados en los inconfundibles vaqueros que les confieren las fuerzas necesarias para convertirse en pioneros y 'go forth'. Vieja fórmula revivalista, dirá alguno. Y cómo apesta la mercantilización sin atribución del 'sagrado' texto de Whitman, añadirá otro. Incluso te diré que en el segundo 25 una muchacha parece saludar a la romana. ¿Pero mola o no mola?

miércoles 21 de octubre de 2009

Predator war


"No hay peor olor que el que brota
de la bondad corrompida" (D. H. Thoreau)



Leído en la asombrosa cover story del 'New Yorker' de esta semana:

"De acuerdo con un estudio recientemente elaborado por la New America Foundation, el número de 'drone strikes' [ataques de precisión realizados con aviones teledirigidos contra objetivos terroristas] ha aumentado de manera dramática desde que Obama se convirtió en presidente. Durante los primeros nueve meses y medio de su administración ha autorizado tantos ataques aéreos de la CIA sobre Pakistán como Bush en sus últimos tres años de presidencia".

"La llegada del programa Predator de asesinato selectivo 'es realmente un cambio enorme', afirma Gary Solis, profesor en el Law Center de la Universidad de Georgetown y recién retirado de la organización del programa de Derecho de la U.S. Military Academy. 'Hace años no es que hubiéramos rechazado una política como esta; es que lo hicimos'. En julio de 2001, dos meses antes de que los ataques de Al Qaeda contra Nueva York y Washington alteraran profundamente el punto de vista de Norteamérica, Estados Unidos denunció los asesinatos selectivos llevados a cabo por Israel contra terroristas palestinos. El embajador norteamericano ante Israel, Martin Indyk, dijo en aquel momento que 'el gobierno de Estados Unidos se ha mostrado clara y públicamente en contra de los asesinatos selectivos... Son ejecuciones extrajudiciales, y nosotros no las apoyamos' (...). Siete años después, ya no cabe duda acerca de que el asesinato selectivo se ha convertido oficialmente en una política estadounidense. 'Hemos adoptado las prácticas por las que hace unos años protestábamos', afirma Solis. Ahora, subraya, nadie en el gobierno lo llama asesinato".

"Un experto militar del más alto nivel, que rechaza ser identificado, explica el procedimiento militar diciendo que 'existe una taxonomía completa de objetivos'. Hay personas cuyo asesinato está autorizado en cuanto sean detectados. Para otros es necesario un permiso adicional. El lugar donde se encuentra el objetivo también entra en la ecuación. Si una escuela, hospital o mezquita están dentro del probable radio de explosión de un misil, esto, también, es valorado por un algoritmo informático antes de que un ataque letal sea autorizado".

"Los Predator del programa de la CIA son 'pilotados' por civiles, tanto agentes de inteligencia como empleados privados. Según un antiguo agente del servicio antiterrorista, los empleados son 'profesionales experimentados, con frecuencia espías y militares retirados' (la Agencia subcontrata una parte importante de su trabajo). Dentro de la CIA, el control de los aparatos no tripulados se reparte entre varios equipos. Un grupo de pilotos y operadores trabaja en el extranjero, cerca de los aeródromos ocultos en Afganistán y Pakistán, manejando los despegues y aterrizajes. Una vez los 'drones' están en el aire, los controles pasan a manos del equipo de operadores en Langley. Mediante joysticks que recuerdan a los mandos de un videojuego, los operadores, que no precisan de un adiestramiento específico de vuelo, observan con agentes de inteligencia en grandes monitores la transmisión en directo captada por la cámara del 'drone'. Desde su trinchera suburbana pueden girar el avión, acercar la imagen del terreno que sobrevuelan y decidir si fijar un blanco".

"La aparente irrealidad del proyecto Predator se percibe también en sus 'pilotos'. Algunos de ellos aseguran que se ponen el mono de vuelo para manejar el control remoto de los 'drones'. Cuando acaban su jornada, por supuesto, estos guerreros de oficina pueden volver a su casa y cenar con su familia (...). Algunos pilotos de Predator sufren un estrés de combate que iguala o excede al de los pilotos en el campo de batalla. Esto demuestra que el 'asesinato virtual', con toda su estéril parafernalia, supone una incómoda modalidad de guerra".

Bruce Riedel: 'La única presión que actualmente puede ejercerse sobre Pakistán y Afganistán son los drones'. Realmente es todo lo que tenemos para minar a Al Qaeda. La razón por la cual el gobierno continúa recurriendo a ellos es obvia: en realidad no tiene nada más".

"En lo que va de año, según varias estimaciones, los ataques de la CIA han matado a entre 326 y 538 personas", muchas de ellas inocentes. La opacidad de las autoridades norteamericanas y paquistaníes impide la realización de un recuento riguroso.